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Lic. Patricia Bogado - Los rescatadores: La obsesión por cuidar a otros PDF Imprimir Correo electrónico

Si eres mujer, ¿alguna vez te pusiste el traje de Cenicienta esperando a que el sapo se convirtiera en príncipe?, o peor aún, ¿Esperando a que llegara el príncipe en su caballo blanco y te rescatara de tu infierno en la torre?  Si eres hombre, ¿Alguna vez te pusiste el traje del Mesías para rescatar a las víctimas de circunstancias? O, ¿Cuántas veces te pasó que estás hablando con alguien porque necesitas sólo que te escuchen, y la otra persona ya te dijo qué sentir, qué hacer, cómo hacerlo y cómo vivir tu vida?

De esto quiero hablarte, de los rescatadores y rescatados, dos caras de la misma moneda.  Gente que tiene anclado en el mismo punto el amor y la necesidad.

Hay personas que funcionan como imanes para atraer a personitas que son como aves con alas rotas. Y se sienten muy atraídos por andar recogiendo a “huérfanos del destino” para solucionarles la vida y rescatarles de su “tormento”, porque eso los hace sentir útiles, necesarios, importantes, capaces, eficientes y bondadosos.   

Una de las manifestaciones más comunes de la codependencia es la obsesión por cuidar a otros. El codependiente es una persona que permite que la conducta del otro le afecte, y está obsesionado con controlar, cambiar y modificar la vida de los demás.

Los rescatadores aman asumir responsabilidades ajenas. Es algo que lo hacen repetidamente con los amigos, familia, pareja, conocidos, clientes o cualquiera que se encuentre a su alrededor y que esté “sufriendo”.

Vienen con distintos trajes. Uno de ellos es el del complaciente o la complaciente, son aquellos que tratan que todo el mundo esté feliz. Siempre dicen que sí, y se viven metiendo en situaciones difíciles porque no tienen esa capacidad de decir “no”. También está el dadivoso, son estos rescatadores que dan todo de forma obsesiva y compulsiva, incluso lo que no quieren realmente dar.

Otro de los trajes más utilizados sobre todo por los hombres, es la del protector, aquel que se preocupa siempre del bienestar de los demás, llegando hacer hasta lo imposible y toman la responsabilidad de proteger, e inclusive se tiran una carga que sobrepasa su capacidad. Luego está el consejero, aquellos que tienen una antena especial para gente problemática. Ayudan compulsivamente y dan consejos, aunque no se los pida. Aquí entrarían los “opinólogos” y metiches por excelencia.

Luego están los salvadores y maestros que cayeron en la trampa del Mesías. Algo así como si colgaran un letrero en la puerta de su casa diciendo “aquí se atiende las necesidades de todo el mundo, de día y de noche, gratis, menos las mías”. Estos seres tienen como un radar para atraer a todas las personas en crisis, dejan todo lo que están haciendo para estar al servicio del “sufriente”.  

El tema del rescatador es que entra en un triángulo de comportamiento: rescatar-perseguir-culpar. Entra a un círculo vicioso donde primero rescata, luego mantiene bajo su yugo a la persona, empieza a acosar para que haga lo que le dijo, se enoja si no lo hace, inyecta culpa y así finalmente se convierte en víctima. La mentira en la que vive es que cree que todo esto lo hace por generosidad, cuando realmente lo está haciendo porque quiere ganarse el amor.

Tengamos en cuenta que el amor no tiene nada que ver con rescatar a los huérfanos del destino. El grave problema es cuando creemos que amar es darlo todo por el otro, pasar por encima de la vida ajena, hacer hasta las cosas que a uno no le gustan, cargar la cruz, decir que sí cuando lo que realmente se quiere decir que no.

Podemos ver innumerables parejas oficiando de madre/padre; mujeres que mantienen a su amante, a la esposa del amante y al hijo de ambos; madres que sobreprotegen a sus hijos con  más de 40 años de edad y justificando su adicción o vagancia; personas que se ponen en pareja con gente extremadamente problemática viviendo bajo la ilusión rosa del mañana que nunca llega. Estos son solo algunos de los casos, y la lista podría seguir.

Más allá de la importancia de trabajar en la historia personal, se nos hace indispensable aprender a diferenciar cuando nuestra ayuda sí es un acto de amor y crecimiento, de cuando no lo es. Ayudamos realmente cuando el otro nos invita a hacerlo o expresamente acepta que lo hagamos, ayudamos cuando nos da lo mismo que acepten nuestra ayuda o no, ayudamos cuando para nosotros lo verdaderamente importante es el bien del otro, y no que haga lo que nosotros queremos.

Tengamos en cuenta que nuestra ayuda es adecuada cuando produce madurez, paz, crecimiento, gozo y agradecimiento en la otra persona, y no cuando produce enojos. Si en tus relaciones se enojan contigo siempre que los ayudas, alerta, estás rescatando.

Recuerda, rescatar al otro no te convierte en mejor persona, ni serás más lindo ni más bueno. Muchas veces hacemos obras que parecen buenas o lo son en sí mismas, pero nuestra intención no es pura, ya que lo hacemos por culpa o por la necesidad de ser reconocidos o necesitados.

Luz y amor

Lic. Patricia Bogado
www.patriciabogado.com.ar

 

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